domingo, 20 de septiembre de 2015

El inicio de todo


Había muchas preguntas por resolver, pero pocas respuestas que dar. Había muchas hojas caídas del árbol pero pocas personas dispuestas a hacerlas crujir mientras caminaban. Había tantos libros por leer pero poco tiempo para hacerlo. Había tantas cosas que esperaban ser cumplidas, pero nadie quería animarse a realizarlas. Había millones de personas pero ella, sin embargo, se enamoró de la menos esperada. Y ahora deberá enfrentarse a todo lo que eso conlleva.

Ese no iba a ser un día normal para ella, caminaba apurada hacia la facultad, estaba llegando tarde, como casi siempre, algo despeinada, con un café por la mitad, frío y con mucha azúcar, con los cordones de uno de sus zapatos desatados, ojeras que parecían pintadas con una fibra, una bufanda de osos que le quedaba algo grande, las orejas congeladas por el frío que reinaba en la ciudad, y las uñas con el esmalte corrido. Cualquiera que la hubiese visto en ese momento, seguramente hubiese sentido compasión por ella.

Cuando finalmente entró al aula, la clase había comenzado hacia ya veinte minutos, por lo que se sentó al fondo, donde casi no había lugar, acomodó sus lentes, y sacó de su bolso un cuaderno con imágenes de su banda favorita, lo abrió casi a la mitad, y comenzó a escuchar y anotar todo lo que podía. A pesar de ser desorganizada y algo tímida, Blythe era una excelente alumna, y en eso nadie podía decirle nada. Pasó el resto de la clase, tomando apuntes, escuchando lo que decía el profesor, mirando el techo cuando hablaban de temas que ya conocía, y cada tanto dibujaba el logo de su banda en la parte superior de la hoja, ansiosa de que algún día fuesen a tocar a su ciudad. Cuando faltaban cinco minutos, la clase concluyó y juntó sus cosas y las metió en el bolso, y salió del aula a un paso apresurado, ya que obviamente, estaba llegando tarde a su próxima clase. 

Al final del día de facultad, un par de horas más tarde, emprendió el regreso a su hogar, aunque la lluvia se había detenido un poco, aún caían algunas gotas, que mojaban los rulos de color rubio cobrizo de Blythe. Tomó el subte, y se sentó en su asiento favorito, que casi siempre estaba desocupado, sacó un libro de su bolso, quitó el separador, y continuó leyendo donde había dejado la última vez, hacia un par de días atrás.

Dejó el libro a unas pocas hojas de haber comenzado a leerlo, debido a que se sentía algo cansada, y decidió ponerse los auriculares y escuchar un poco de música, y tal vez despejar su mente de tantos números y cuentas. Para esos momentos la lluvia había aumentado, y las gotas impactaban contra el vidrio de manera amenazante, pero a ella le gustaba ver como caían suavemente luego del impacto en el cristal y se deslizaban como si estuviesen corriendo una carrera destinada a explotar.

Cuando llegó a la séptima estación, unas tres antes de su parada, su vida cambiaría para siempre debido a la persona que subiría al subte, en esa misma parada, aquella tarde lluviosa de invierno.


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