domingo, 20 de septiembre de 2015

El Abismo


La población que vivía en la cima de la montaña jamás se animó a descender más allá de unos pocos metros de la misma. Nadie sabía bien quienes habían fundado aquella pequeña ciudad, pero si sabían que lo que estaba debajo de la montaña, era peligroso.

Eran aproximadamente unos 200 habitantes, se dividían entre ancianos y niños, y el resto eran personas de una edad mediana, algunos jóvenes. Tenían una economía basada en la caza de algunos animales que rondaban por la zona, cultivos que ellos mismos realizaban, y el agua la obtenían de un pequeño curso de agua, que se encontraba a unos pocos metros de la última casa del lugar. Las mejores presas eran difíciles de conseguir, ya que se encontraban lejos de la montaña, y solo unos pocos expertos podían ir hacia allí, sin sobrepasar La Valla, que determinaba cuando acababa su posibilidad de continuar avanzando.

Tenían una organización bastante interesante para vivir en la cima de una montaña, inmensa y la mayor parte cubierta por hielo. Poseían edificaciones de gobierno, y administración, y hasta tenían un museo, donde todos colaboraban por mantener y continuar actualizando. Los niños y niñas concurrían al colegio, los mayores trabajaban principalmente en actividades relacionadas con la obtención de recursos y alimentos, y construcción y mantenimiento de las edificaciones.

Todo cambiaría de rumbo cuando un joven, hijo de un cazador, un día decidió que quería conocer el mundo más allá de los límites que tenían en esa montaña. Si bien se sentía cómodo allí, era de esperarse porque nunca conoció otras cosas, nunca conoció otras personas que no sean las de su pequeña ciudad, nunca conoció otros aromas que los que llegaban de las pequeñas flores de la ladera; en fin solo conocía lo que se encontraba en ese lugar, pero sabía que había más, mucho más, y quería ir mas allá de La Valla y descubrirlo. Pero no sería sencillo convencer al resto de lo que estaba dispuesto a realizar, por eso decidió emprender esa aventura solo, sin que nadie supiese, y así al menos tuviese una pequeña posibilidad de pasar los límites.

Esperó que el sol se ocultase detrás de unas enormes nubes grises, para meter todo en su mochila y así dirigirse a La Valla y quien sabe a dónde más. Salió de su casa sin hacer un mínimo ruido, ya que sino probablemente nunca más saldría de su habitación.

Cuando oscurecía, nadie andaba en las calles, a excepción de algunos cazadores que buscaban presas nocturnas, pero se encontraban en la otra parte de la montaña, lejos de donde estaba el joven con su mochila. Inició el camino hacia el edifico que hacía de municipalidad donde había escondido un pequeño bolso con provisiones, y un par de linternas. Si bien la luz de la Luna iluminaba bastante el lugar, mas allá de donde estaba, no sabía bien cuánto de luz podría haber. Estaba emocionado y algo asustado, pero quitó rápidamente esos pensamientos de su mente, y se puso el bolso al hombro, miró por última vez toda la ciudad, bañada por la brillante luz de la Luna, y a paso firme se dirigió hacia La Valla.

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