viernes, 9 de enero de 2015

Alunizar


Su sueño era simple, llegar a la Luna. Lo había deseado desde hace 14 años, cuando escuchó a su abuelo, relatarle las fantásticas historias sobre aquel satélite, el quinto más grande del Sistema Solar. Siempre que podía, iba a la base de Vuelos Cronometrados para espiar, entre los huecos que dejaban las ventanas, la salida de los cohetes. El ruido que hacían al despegar, provocaba en él, un sentimiento profundo, mezclado con ansiedad, un raro de miedo, y una algarabía enorme.

Hacía unos años, que le habían regalado su primer prototipo de cohete, un aparato de mediana estatura, que simulaba el despegue de los mismos. Pasaba horas y horas con su artefacto, simulando ser el hombre en la cabina de despegue, inflando sus mejillas y dejando salir una voz, que pretendía ser grave, pero por su edad, se tornaba difusa. ¡Ya es hora! ¡Ya es hora!, gritaba al mismo tiempo que agitaba sus manos, y oprimía unos cuantos botones de colores, que parpadeaban, como las luciérnagas en una noche de verano.

Una mañana, se despertó, sobreexcitado, porque sabía que sería diferente a las demás. Ese día, su padre lo llevaría a la Base Central, donde hacía poco había conseguido empleo, para observar de cerca, el despegue del último cohete fabricado, el mejor de todos los que se habían creado, hasta el momento. Saltó de su cama, adornada con todo tipo de muñecos espaciales, que no iban de la mano de sus 17 años pero poco le importaba; y se dirigió velozmente hasta la cocina, casi no probo su desayuno, solo comió unas tostadas recién hechas y bebió unos sorbos de jugo de ananá, que su madre le había preparado hacia unos minutos.

Se dirigió camino a su bicicleta, y comenzó a pedalear hasta la Base Central, donde su padre lo estaría esperando, listo para poder cumplir el sueño de su hijo. Estaciono el rodado junto a los demás, y con una ligera marcha, emprendió el viaje hacia la puerta del recinto. La emoción iba aumentando a cada paso, colmándolo de emoción, como si por fin su sueño podría cumplirse. Abrió las puertas de par en par, y rápidamente diviso a su padre, al fondo de un pasillo, que parecía interminable, o al menos su mente eso le hizo creer.

Cuando llegó al final, lo recibieron con fuertes aplausos y aclamaciones, mientras entraba al gran salón central, observaba las distintas máquinas que se encontraban a su alrededor, que emitían silbidos, luces, y sonidos que nunca había escuchado. Todo era tan alegre y feliz que parecía un sueño, del que no quería despertar. Alcanzó la parte central de la sala, donde se encontraba un traje de color marrón, casi como la tierra después de recibir una leve lluvia de invierno, lo miro a su padre y a todos los presentes, que inmediatamente asintieron. El joven tomo el traje y se lo coloco cuidadosamente, no quería que nada saliese mal.

Ya tenía todo en su lugar, y se abrió una pequeña compuerta, por la que se introdujo, sin saber a dónde lo llevara. Segundos después se encontraba dentro de la cabina del cohete que iba a despegar, dentro de unos minutos. Su corazón se aceleró, al ritmo que trataba de recordar los controles, y las anécdotas de su abuelo mientras tomaban chocolate caliente. El conteo de despegue lo alejó de sus pensamientos, y rápidamente se concentró, quedaban apenas 5 segundos para que todo quedase debajo de él, y se elevase. Al despegar, alcanzó a divisar a su madre entre la multitud, llevaba un rostro preocupado, y sus ojos estaban llorosos, su padre, al lado, sujetándola del hombro, ya no tenía ese gesto alegre en su boca, se había tornado algo lúgubre, como si la sonrisa se hubiese convertido en miedo. El primer compartimiento se despegó de la base del cohete, lo que indicaba que ya había tomado altura suficiente como para no poder regresar a su casa.

Los minutos que siguieron fueron dominados por el pánico y asombro de lo que estaba ocurriendo, tal vez, una leve sonrisa se le escapó, al darse cuenta que su sueño se estaba haciendo realidad. Inspeccionó que todo anduviese correctamente, para que nada se saliese de su lugar, y decidió sentarse en la silla grande del medio, con un respaldo tan cómodo, que el sueño llegaría fácil, a contemplar el paisaje. Las nubes ya se habían alejado, y ahora solo la oscuridad del espacio llenaba cada hueco de la nave, solo el tenue brillo de las estrellas permitían que no quede todo en las penumbras.

Luego de unos pocos minutos que llevaba adormecido, escuchó algo que lo sobresalto, se levanto rápido del cómodo asiento, y ajusto su visión a la oscuridad dominante, y al lejano brillo de las estrellas, que poblaban aquel espacio, como unas flores recién humedecidas lo hacen en plena primavera en los campos. En un rincón del cohete, algo comenzó a moverse entre unas cajas, lo sorprendió lo que ocurrió a continuación. No se trataba de ningún bicho raro o comadreja, sino de una chica, tendría su misma edad, su cabello era largo, de un rubio muy opaco, y unas cuantas pecas rodeaban su rostro. Lo primero que pensó fue qué haría allí en su nave, pero al cabo de unos segundos, como buen caballero que era, así siempre su padre le había enseñado, se dirigió al lugar donde se encontraba la joven sentada, y le ofreció su mano para que se pusiera de pie.

Después de una serie de pequeñas interrogaciones, supo que su nombre era Eevee, y que tenía la misma edad que él, aunque ella era de Julio, un par de meses más chica. La hizo sentar en la silla central, y le preparó una taza de café, de una máquina que tenía en el fondo de su nave. De tanta charla, no se percató que ya habían recorrido una gran parte del trayecto, y ahora, las estrellas brillaban un poco más, iluminando sus rostros. Nunca había visto una chica tan hermosa en su vida, sus ojos brillaban como el agua cuando el sol recién sale por las mañanas, y sus pecas eran puntitos esparcidos entre sus mejillas, lo que le recordó a las millones de estrellas que los rodeaban.

Eevee, acomodada plácidamente en la silla, con sus manos rodeando el vaso de café, dirigió su mirada hacia Adam, y le preguntó lo que él, aun no comprendía. ¿Qué hago yo acá?, le dijo con su voz dulce y melancólica, Adam pensativo, levantando sus hombros, en señal de que estaba tan confundido como ella, le respondió, averigüémoslo. Pasaron los siguientes minutos buscando y revolviendo todo lo que había en la nave en busca de algo que les diera una respuesta a por qué esa joven se encontraba en la nave de Adam, en medio de su viaje.

Cuando creían que nada los ayudaría, encontraron un libro, lleno de polvo, escondido entre unas máquinas de repuesto, tal vez se habría caído en algún momento de la construcción de la nave y nunca volvieron por él. La tapa decía, con letras grandes y negras, “Plan de Supervivencia”, y nada más. Eevee, decidió abrirlo, sus manos temblaban a medida que la tapa se abría, hasta que la primera hoja apareció; “Propiedad del Gobierno, plan número 1, supervivencia de la raza”, estaba escrito en la parte central, ocupando casi toda la página, la jovencita dejó caer el libro al piso, al mismo tiempo que un asustadizo suspiro se le escapó. Adam lo recogió, limpió un poco el polvo, y pasó a la siguiente página. La mayoría eran símbolos raros y ecuaciones que no comprendía, ni tampoco su compañera de vuelo, por lo que decidieron dejarlo por un rato, hasta que esa sensación rara que sentían desapareciera.

Se sentaron juntos a observar como algunos cometas dejaban estelas, al recorren a una gran velocidad el inmenso espacio. Sin embargo la ansiedad se notaba, y ambos sabían lo que pasaba por la mente del otro, “el libro” pensaron sin decirlo pero en sus miradas se notaba que estaban queriendo lo mismo. Casi saltando de la silla, se dirigieron al polvoroso texto, para buscar alguna pista de todo lo que ocurría. Pasaron los minutos y  las horas y no hallaban nada, Eevee se sentía decepcionada, y como un extraño que no pertenecía a la nave, Adam, la abrazó suavemente para que todos sus miedos se alejen y que supiese que para él, no era una extraña.

Cuando se iban a rendir en la búsqueda, el joven encontró algo que hizo que su expresión cambiase radicalmente. En unas páginas, ya amarillas por el paso del tiempo, había una descripción de lo que parecía ser un plan de supervivencia, Adam leía pero no comprendía, o tal vez, no quería hacerlo. Su planeta, su hogar, era una bomba de tiempo, su núcleo era uno de los primeros en todo el Universo, y ya estaba llegando a su fin. Pensó para su interior, que raro era que hasta las primitivas formas del Universo, también tuviesen un fin, como si fuese tan mortal como cualquier otro objeto. Inmediatamente Eevee, comenzó a objetar hipótesis, preguntas, gritos, todo sin parar ni siquiera a respirar, Adam trato de tranquilizarla, pero ella realmente estaba furiosa, ¿o quizás estaba triste por el destino que le esperaba a su planeta? De todas formas, enojada o triste, necesitaba saber por qué ellos dos solamente fueron salvados ¿Por qué entre tantas personas, eligieron a dos jóvenes que ni siquiera se conocían? La nave comenzó a titilar y a emitir fuertes sonidos; el viaje estaba llegando a su fin, y ya podían divisar la Luna a lo lejos, brillante y majestuosa, digna de ser un satélite del Universo.

Los dos jóvenes se apresuraron a leer el libro y buscar algo más que pudiese iluminarlos en esa oscuridad del saber en la que se encontraban. Pasaron hojas y hojas, hasta que hallaron algo que les llamo la atención. Su planeta para ese entonces, según el texto, ya debía haber detonado, todo lo que conocían, amaban, todos sus sueños, destruidos, para siempre. Eevee trataba de limpiar velozmente las lágrimas que brotaban de sus ojos miel, pero sus pecas estaban húmedas y desistió de su intento. Adam sin soltarle la mano, continuo buscando más datos, entre tantas formulas y números. Halló algo mas, ellos dos habían sido seleccionados, tras varias pruebas y candidatos, para salvar a su raza, para sobrevivir y volver a comenzar.

La nave comenzó a llenarse de un color rojo ladrillo, anunciando que los tripulantes debían colocarse los cinturones, el alunizaje estaba en pleno proceso, y no sería agradable estrellarse dentro del cohete al tocar la superficie. Adam llevó del brazo suavemente a su compañera, y se sentaron, uno en cada silla, y se abrocharon los cinturones. En instantes la nave se oscureció completamente, Eevee sujetaba fuertemente la mano del chico, y le dijo algo que él jamás olvidaría, se acercó a él y le susurró a su odio, “Adam, si acá termina todo, quiero que sepas, que serás mi más hermoso recuerdo”. El joven dejó escapar una lágrima, de esas que son de amor puro, y sujeto aun más fuerte la mano de la chica. Todo permanecía oscuro, y ruidoso por los sonidos interminables de la nave, hasta que por fin alunizaron.

Fue suave como recostarse en un almohadón lleno de plumas, o recostarse en el césped primaveral, los chicos ya se estaban colocando sus cascos, ya que un cartel grande se los advertía en el panel de la nave. Activaron el cinturón de gravedad, para que sus cuerpos puedan caminar en la superficie sin tener que ir a los saltos o flotando; Eevee presiono el botón que emitía una luz verde, y la compuerta principal se abrió. Tomados de la mano, fueron saliendo de la nave, y cuando sus pies tocaron la superficie lunar, se sintieron felices. Era algo extraño, a pesar de tanto dolor y perdidas, ellos solos, lejos de su hogar, en medio de un satélite despoblado, se sentían completos al tenerse. No se conocían, a penas sabían sus nombres, pero ambos sentían esa sensación de que todo iba a estar bien si permanecían unidos.

Se quedaron sentados a pocos metros de donde la nave alunizó, no sabían qué hacer, solo que fueron elegidos para continuar su raza, sin ningún plan que los ayude, ni recomendaciones, ni nada; varados en la Luna a la espera de alguna señal que les dijera que hacer. Eevee se había dormido en los hombros de Adam, y él mantenía su mirada fija en las estrellas, en busca de algo que pudiese ayudarlos. De pronto, la joven se despertó exaltada y con una leve sonrisa en su rostro; había tenido un sueño, un recuerdo tal vez, que tenía que ver con números y ecuaciones. Adam, casi sin pensar, se dirigió a la nave y al cabo de unos pocos segundos traía consigo el libro; se sentaron los dos frente a frente y analizaron profundamente cada número y ecuación que iban encontrando. Parecía una tarea casi imposible, pero si era su única esperanza por descubrir que hacer, la aprovecharían al máximo.

Exhaustos de no hallar solución alguna, decidieron recostarse sobre el suelo, algo incomodo pero no les importaba, estaban tan cansados que solo querían dejarse llevar por el sueño. Como si nunca se les hubiese ocurrido antes, Eevee se inclinó y sentada con sus piernas estiradas, tomó el libro y fue hasta la última hoja. Parecía extraño, pero nunca antes la habían visto, tal vez esperaban encontrar la respuesta antes. Y allí estaba  la solución, en una letra pequeña, se alcanzaba a leer: “La rotación del planeta donde deben llegar, está entre las páginas de este libro”. Parecía tan simple, tan fácil, tal vez, después de tanto sufrimiento, había algo de esperanza. Eevee sugirió buscar la palabra rotación entre las páginas del libro, a lo que Adam, accedió. Se llevaban tan bien en tan poco tiempo, que cualquier que los hubiese visto, sentados en medio de la Luna, buscando entre las paginas añejas, hubiese jurado que eran almas gemelas.

Les tomó un rato encontrarla, estaba en la página 23, entre unas palabras que ninguno de los dos conocía su significado, decidieron anotar el número, como también que era la palabra número 56 de esa hoja, y se encontraba en el párrafo 4. Con esos datos, Adam se dirigió a la computadora central, mientras Eevee, descansaba la vista jugando con sus aros con forma de estrella. El chico ingresó los números como tiempo de rotación, por lo que debía encontrar un planeta que tardase en rotar 23 horas, 56 minutos y unos 4 segundos, luego de unos minutos de búsqueda, la pantalla le arrojó el nombre de un solo planeta al que se adecuaban esas cifras; enseguida supo que allí debían dirigirse. Desde la compuerta le exclamo a Eevee que viniese, mientras ella seguía sentada entre sus pensamientos. De inmediato se puso de pie y se destinó hacia donde estaba el joven. Le explicó brevemente lo que encontró en la computadora, que era un planeta cercano, pero que solo estaba habitado por animales, lo que le dio la esperanza de que tal vez podrían sobrevivir allí.

Adam se tomo unos minutos, antes de partir, para contemplar la maravillosa Luna donde se encontraban, ese había sido su sueño desde hacía 14 años, y por fin lo estaba cumpliendo, aunque jamás imagino que su hogar ya no estuviese, ni que iba a conocer a alguien tan especial como a Eevee; su padre debería estar contento de que el estuviese allí, tal vez por eso lo eligieron para la misión, o tal vez no, era un misterio que por el momento murió en la explosión de su planeta. Su madre… se le escaparon varias lágrimas al pensar en ella, ya nunca bebería sus jugos de ananá por las mañanas, ni tendría ese beso de buenas noches que siempre le daba; había perdido todo en tan poco tiempo que su sueño de llegar a la Luna, se vio momentáneamente difuso. ¡Eevee!, se acordó que debían partir, al menos había encontrado a una compañera para su viaje, y eso lo reconfortaba. La joven lo estaba esperando ansiosa cuando él entró en la nave, se acomodó y preparó todo para partir hacia el nuevo destino.

La nave empezó a tomar vuelo, y en poco tiempo estaba atravesando polvo espacial y algún que otro meteorito despedazado; la jovencita aún no sabía el nombre del planeta, por lo que se paro y se acerco a la computadora central, mientras la nave tomaba velocidad, Eevee alcanzo a ver en la pantalla, con unas letras brillantes, dos palabras, era su nuevo destino, su nuevo hogar, donde pasaría el resto de su vida con Adam. Esas palabras, aun visibles en el monitor, eran… la Tierra.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario